Tierra de Nadie, Primera Sesión  

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Una vez jugada la primera sesión de Tierra de Nadie, os hago un breve resumen como recordatorio para futuras partidas.

Los Personajes
Cabo William Grimm (Ramón)
Soldado Richard Mcnalley (Raul)
Soldado Earl Martin (Pablo)

Cómo recordaréis, la acción se sitúa en la Francia ocupada durante la Primera Guerra Mundial. Corre el año 1918, y los americanos habéis llegado a Europa dispuestos a patear el trasero de los alemanes. Pero las tierras de Argonne ofrecen una resistencia inesperada. La guerra de trincheras está diezmando los efectivos del ejército americano, y el avance hacia el norte de vuestras tropas a través de los tupidos bosques se está convirtiendo en poco menos que una misión suicida.

En este panorama tan poco alentador, vuestra escuadra recibe una misión de héroes. La Compañía B, que debería permanecer en vuestra retaguardia, ha quedado aislada y rodeada por el enemigo. Es misión vuestra partir en su búsqueda y volver a reunirla con vuestra amada Compañía C. Abandonar el valle dónde estáis atrincherados y meterse en los bosques en plena noche no parece un bocado apetecible, pero el fuego de artillería alemana que os está machacando os anima a correr hacia los árboles en busca de la Compañía desaparecida. Además, ver al cabo Grimm presa de la locura, comiéndose la pierna de un soldado seccionada por un obús, os anima salir por patas de ese infierno. El propio cabo no tarde en tropezar con una piedra semienterrada entre el fango. Parece parte de algo más grande, y su aspecto pulido y brillante, cubierto de espirales, es desconcertante. Pero no hay tiempo que perder. Los soldados se adentran en la espesura.

La noche en el bosque es terrorífica. La impenetrable oscuridad hace el avance casi imposible. No tardáis en perderos. En una pausa temblorosa, el soldado Mcnalley enciende un pitillo con su viejo mechero a gasolina. La llama delata la posición de vuestra escuadra. Un disparo suena en la distancia. La cabeza del sargento Maddox desaparece en una nube de sangre, huesos, dientes y masa encefálica.

Y entonces se hace la luz. Sobre vuestras cabezas, una bengala desciende lentamente, iluminando la escena. Ofrecéis un blanco perfecto para los alemanes atrincherados colina arriba. Un nuevo sonido os hiela la sangre en las venas: el traqueteo de una ametralladora.

El soldado Martin se refugia entre la espesura de los árboles, mientras el cabo Grimm busca una zona a cubierto desde la que disparar. Mientras tanto, Mcnalley se lanza a la carga, acompañado de sus compañeros de escuadra. La pericia de Grimm con el fusil hace que el soldado que os está machacando con la ametralladora termine con una bala dentro de los sesos. Mcnalley, presa de un ímpetu heroico, alcanza la trinchera enemiga y entabla un peligroso cuerpo a cuerpo que termina con dos alemanes muertos y nuestro amigo malherido en su pierna.

Mientras esto ocurre, algo extraño ocurre en el claro en el que se desarrolla la batalla. Extrañas fuerzas magnéticas atrapan las armas de los soldados. Una siniestra y enorme espiral luminosa flota en lo alto. En la trinchera, las armas se están fundiendo como si fuesen plástico caliente.

Una luz cegadora lo llena todo. Un sonido atronador ensordece a los personajes. Y se hace la oscuridad.

Grimm despierta, cegado por la luz del día. ¿Cuánto tiempo ha pasado? En campo de batalla está cubierto de cenizas… y de cuerpos despedazados. Esos trozos de carne son lo que queda de la escuadra americana. Grimm encuentra a los maltrechos pero aún vivos Mcnalley y Martin. Mcnalley está malherido e inconsciente, en lo que queda de la trinchera alemana. Tras hacer acopio de munición y comida entre los restos de la batalla, los soldados investigan en lugar, descubriendo que los restos de la batalla están dispuestos en una gigantesca espiral a lo largo y ancho del claro. Los árboles más cercanos han sido abatidos como si una devastadora explosión los hubiese arrancado de raíz.

Mcnalley sigue inconsciente, y los tres amigos se refugian en el interior de la trinchera, que se adentra en la colina a lo largo de un oscuro túnel que termina en una pequeña estancia. Allí descubren algunos documentos (en alemán), algo de comida podrida, y una espeluznante pila de cadáveres alemanes. Sus cuerpos resecos parecen momias. Las oscuras manchas en sus mejillas y en el cuello hacen pensar en la Peste Negra. En los cadáveres no hay signos de descomposición. Su aspecto es inexplicable.

Aún están investigando la trinchera cuando el suelo se derrumba, revelando una extraña habitación con las paredes cubiertas de monolitos. Mcnalley despierta, y los tres soldados deciden descender a la habitación pensando en pasar la noche a resguardo, lejos del frío del campo de batalla y de los cadáveres infectados de los alemanes muertos.

Una vez abajo, una abertura conduce a una gigantesca estancia. Allí, siniestros murales aterrorizan a los soldados. Pero no tanto como el hombre que, en un rincón, permanece arrodillado con los brazos en alto. Al aproximarse pueden ver que se trata de un cadáver momificado. Sin embargo, los alocados ojos azules del cadáver parecen vivos, y siguen a los soldados allá dónde van. Abrumados por una sensación de terror, los soldados deciden acabar con esa pesadilla. Será Mcnalley quien dispare sobre la cabeza de la momia, esparciendo sus sesos sobre el altar cercano.

Eso parece desatar lo que ocurre después. Desde las profundidades de la caverna, más allá de unos enormes escalones de piedra que descienden en la oscuridad, llega un bramido ensordecedor que no puede ser de este mundo. Los escombros de la habitación se alzan movidos por manos invisibles, y comienzan a danzar en el centro de la estancia presas de un huracán demoníaco. Y de entre las sombras comienzan a aparecer, corriendo hacia los soldados, una multitud de esqueletos deformes.

Los soldados corren hacia la salida, disparando a la multitud de seres muertos. Algunos son derribados, pero la mayoría no tarda en darles alcance. El combate cuerpo a cuerpo es encarnizado, y Mcnalley no tarda en caer, herido de gravedad en el estómago. Aplastando enemigos y retrocediendo al mismo tiempo, los soldados llegan hasta la estancia bajo la trinchera y logran trepar, ayudando al moribundo Mcnalley. Pero no acaban aquí las desgracias. Un temblor sacude todo el lugar, y el suelo de la trinchera se derrumba a medida que los soldados corren hacia el exterior. Mcnalley, malherido, no es lo bastante rápido y cae, pero es atrapado en el último instante por Martin. Sin embargo, al detenerse Martin también es engullido por el suelo que se desploma. Grimm, en un desesperado esfuerzo, se agarra a un asidero y toma la mano de Martin, que a su vez sujeta la de Mcnalley. Colgados del vacío, la situación empeora cuando uno de los esqueletos, desde abajo, salta agarrándose al tobillo de Mcnalley.

Mcnalley logra encaramarse sobre Martin, y ambos alcanzan suelo firme mientras Grimm grita debido al enorme esfuerzo de soportar el peso de sus compañeros y el esqueleto viviente. El esqueleto realiza una demencial pirueta, y salta a la trinchera colocándose frente a Grimm. Al mismo tiempo, Martin, por fin en suelo firme, se escabulle a cuatro patas. Pero Mcnalley, encaramado al borde del precipicio, observa horrorizado como el fragmento de tierra al que se agarra cede sin remisión. Martin y Grimm hacen un desesperado intento por alcanzar a su amigo, pero no sirve de nada. Mcnalley se precipita hacia la oscuridad, dónde le aguarda una multitud de esqueletos. Mcnalley desaparece entre los huesos animados. Afortunadamente, sus estremecedores gritos no duran mucho.

Grimm abate al esqueleto que tiene frente a él, y los dos soldados salen a toda velocidad de la trinchera, al frío aire de la noche. La colina tiembla, presa de un colosal terremoto. Los dos soldados corren colina abajo, mientras esta se colapsa y se engulle a si misma. El estruendo es ensordecedor y una inmensa polvareda se eleva hacia los cielos oscuros. Los soldados no dejan de correr y sólo se detienen al llegar al linde del bosque. Al volver la vista atrás ven que allá donde había una colina no queda más que una montaña de cascotes, sepultando para siempre el cuerpo del valeroso Richard Mcnalley.

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4 comentarios (¡Comenta, maldito!)

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
07 junio, 2008

Muy, pero que muy bien. Me alegro de no haber sido el protagonista de esta partida, jeje.

07 junio, 2008

Interesante!! la primera Guerra Mundial se podria decir que fue en cierto modo mas terrible que la Segunda Guerra Mundial..Las Trincheras, los Bombardeos insesantes, Asaltos a Bayoneta..puro Gore!!.hehehe un saludo.

09 junio, 2008

¡Y faltaban los bichos de los Mitos para complicarlo! Gracias por el comentario, Dragonk.

09 junio, 2008

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