Tras el fallecimiento de Mcnalley, Raul toma el papel del policía Gerry Coeyman. Miguelón se incorpora a la partida metiéndose en el pellejo del granjero Emmet Ryan. Así transcurrió nuestra segunda sesión en Tierra de Nadie.
Todo empieza cuando el cabo Grimm y el soldado Martin se internan de nuevo en el bosque de Argonne, dejando tras de si los restos de la colina que ha sepultado a Mcnalley. Al instante, nuestros amigos escuchan sonidos entre la espesura y, de inmediato, se encuentran con los soldados Ryan y Coeyman, supervivientes de la detonación mística ocurrida en la noche del asalto a la colina. Estos han despertado hace unos instantes de su inconsciencia, alertados por el estruendo de la colina al derrumbarse.
Anochece cuando la niebla cae sobre el bosque como un manto de seda. Los soldados llegan a un claro apenas entrevisto, cubierto por la espesa niebla. Aquí se ha librado una batalla. El suelo está sembrado de cadáveres, muchos de ellos pertenecientes a soldados de la Compañía B. Después de todo, parece que la B ha pasado por aquí. Tal vez cayeron en una emboscada, aunque se llevaron con ellos a algunos alemanes. ¿Dónde estará el resto de la B? El hedor a podredumbre es abrumador. Desde la niebla llegan sonidos amortiguados: los cuervos se están dando un festín. Los cuervos y algo más.
Más cansados que nunca, ateridos y deprimidos, se adentran de nuevo en la espesura en busca de un refugio dónde hacer noche. Pronto llegan a la cima de una colina que desciende en una suave pendiente hacia una aldea de aspecto abandonado. Las oscuras casas de piedra parecen rodear el campanario de una iglesia.
Los soldados descienden hasta el pueblo, rodeados por oscuridad y silencio. En las calles desiertas hacen un terrorífico descubrimiento. A través de las puertas y ventanas abiertas a la oscuridad de las casas los soldados ven figuras inmóviles envueltas en la negrura que parecen observarles en un silencio aterrador. Cuando los soldados reúnen el valor necesario para investigar a estas siniestras figuras descubren, horrorizados, que son cadáveres. Las casas están llenas de personas muertas, momificadas. Muchas están en sus camas, cómo si la muerte las hubiese sorprendido mientras dormían. Otras parecen permanecer vigilantes junto a puertas y ventanas. Algunas portan armas improvisadas, otras agarran entre sus rígidos dedos crucifijos y rosarios. Todas tienen en su rostro las marcas negras que nuestros amigos empiezan a reconocer.
Avanzando hacia la siniestra iglesia que se alza en medio del pueblo, un hilo de luz trémula se intuye entre las rendijas del enorme portalón. Los soldados abaten la puerta para encontrarse en una pequeña iglesia en la que miles de cirios arden por doquier. Los bancos, el suelo, el altar: todo está lleno de velas encendidas. Junto al altar, un sacerdote corre hacia la puerta, gritando en francés “¡Cierren la puerta, por Dios Todopoderoso!”. A sus espaldas, sobre el altar, un crucifijo de madera pende de dos largas cadenas que se pierden en la oscuridad del techo de la iglesia.
Cuando los soldados se precipitan a cerrar la puerta observan intrigados que un curioso símbolo trazado con cera cubre las dos hojas: una estrella de cinco puntas, toscamente dibujada. No tardan en descubrir cientos, tal vez miles de versiones del mismo símbolo, repartidas por toda la iglesia.
El anciano sacerdote grita incoherencias, a menudo en francés, a veces en un latín incomprensible. “¡La guerra los ha llamado! ¡Todo el sufrimiento desencadenado ha roto los sellos y ha despertado a las furias dormidas! Mientras los hombres duermen, ¡les roban las almas, condenándolos a una muerte horrible! Pero los muertos no descansan. ¡Pronto los muertos se alzarán y caminarán sobre la Tierra! ¡Los siervos de Lucifer esparcirán el horror en este mundo!” El anciano desvaría, incapaz de mantener una conversación coherente. Y, en ese instante, en el altar, una curiosa gema cristalina empieza a brillar con luz propia, con un azul celeste pulsante. El sacerdote toma la joya y un enorme volumen de tapas de cuero, y lo entrega con violencia a Coeyman: “¡Lleváoslo, lleváoslo! ¡Ya están aquí!” Al momento, la puerta de la iglesia se abre con una fuerza inmensa y una violenta ráfaga de viento apaga todas las velas de la iglesia. Los bancos de madera se elevan del suelo y las vidrieras de las ventanas estallan hacia el interior. Los bancos se estrellan entre sí, sumando sus afiladas astillas a la tormenta de cristal, en un apoteósico huracán de destrucción que azota a los soldados desgarrando sus ropas y abriendo heridas en su cuerpo. Los soldados se precipitan hacia la salida, arrastrando con ellos al anciano. Espantosos crujidos resuenan en la iglesia, provenientes de enormes gritas que se están formando en las gruesas paredes de piedra. La iglesia comienza a desmoronarse. Los soldados aún no han abandonado la iglesia cuando el crucifijo colgante se desprende de sus cadenas y se precipita, volando a través de la estancia, hacia el grupo que huye. Grimm recibe un impacto terrible que disloca su hombro.
Los cuatro hombres, arrastrando al delirante sacerdote, abandonan la iglesia, para descubrir al instante que el cielo está iluminado por una enorme espiral luminosa, similar a la que sobrevolaba la colina en la que el valiente Mcnalley acabó sus días. Mientras la iglesia se derrumba a sus espaldas, emprenden una desesperada carrera hacia los bosques cercanos. Pero un nuevo peligro se precipita sobre ellos. Dirigido por una fuerza ignota capaz de las más imposibles proezas telequinéticas, el enorme crucifijo aparece volando desde la iglesia que se derrumba, y se lanza hacia los soldados. Martin sufre la peor suerte. El crucifijo rompe su brazo y el dolor del impacto es tan desgarrador que el soldado sufre un shock y pierde el conocimiento, desplomándose sobre la hierba del claro. Sin embargo, Ryan abandona al sacerdote del que tiraba y regresa a por su compañero al que logra llevar hasta la seguridad de la arboleda. Por desgracia, el crucifijo contraataca, esta vez volando hacia el sacerdote y decapitándole en un devastador golpe. Cuando el crucifijo se adentra en la espesura, sus brazos se parten entre los árboles y el madero cae al suelo, inerte.
Los soldados se retiran unos metros, justo a tiempo de evitar una descomunal implosión de luz blanca y silencio sobrecogedor. Cuando la luz blanca desaparece y, lentamente, la oscuridad de la noche se cierne de nuevo sobre el grupo, los compañeros observan que allá dónde estaban el pueblo y la iglesia no queda más que un gigantesco cráter humeante.
En ese instante, lentamente, como sumiéndose en un sueño, la luz azulada de la joya se extingue y la oscuridad de Argonne envuelve a los soldados como un espeso manto negro.








