Tierra de Nadie, Segunda Sesión  

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Tras el fallecimiento de Mcnalley, Raul toma el papel del policía Gerry Coeyman. Miguelón se incorpora a la partida metiéndose en el pellejo del granjero Emmet Ryan. Así transcurrió nuestra segunda sesión en Tierra de Nadie.

Todo empieza cuando el cabo Grimm y el soldado Martin se internan de nuevo en el bosque de Argonne, dejando tras de si los restos de la colina que ha sepultado a Mcnalley. Al instante, nuestros amigos escuchan sonidos entre la espesura y, de inmediato, se encuentran con los soldados Ryan y Coeyman, supervivientes de la detonación mística ocurrida en la noche del asalto a la colina. Estos han despertado hace unos instantes de su inconsciencia, alertados por el estruendo de la colina al derrumbarse.

Agotados y magullados, los cuatro supervivientes se adentran en la espesura con la esperanza de cumplir su misión: encontrar a la Compañía B y guiarla hacia la Compañía C que aguarda más al norte. El grupo avanza entre el denso bosque, confiando en su sentido de la orientación.

Anochece cuando la niebla cae sobre el bosque como un manto de seda. Los soldados llegan a un claro apenas entrevisto, cubierto por la espesa niebla. Aquí se ha librado una batalla. El suelo está sembrado de cadáveres, muchos de ellos pertenecientes a soldados de la Compañía B. Después de todo, parece que la B ha pasado por aquí. Tal vez cayeron en una emboscada, aunque se llevaron con ellos a algunos alemanes. ¿Dónde estará el resto de la B? El hedor a podredumbre es abrumador. Desde la niebla llegan sonidos amortiguados: los cuervos se están dando un festín. Los cuervos y algo más.

Al aproximarse a un cadáver, los soldados distinguen una figura agachada sobre él, devorándolo. Cuando Grimm le lanza una piedra la criatura se incorpora y la sangre se congela en las venas de nuestros amigos. La criatura es una parodia de un ser humano. Desnuda, de piel blancuzca y escamosa, de mandíbula prominente y enormes colmillos, observa a los soldados con ojos rojos llenos de hambre mientras devora el brazo seccionado del cadáver tendido a sus pies. A un gruñido de la bestia, el resto de la manada surge la niebla y se abalanza sobre la carne fresca que son nuestros amigos. El sonido de las detonaciones es ensordecedor. Las balas de los compañeros acaban con las hambrientas criaturas en apenas unos segundos, mientras llega la noche y una lluvia helada comienza a caer en el claro.

Más cansados que nunca, ateridos y deprimidos, se adentran de nuevo en la espesura en busca de un refugio dónde hacer noche. Pronto llegan a la cima de una colina que desciende en una suave pendiente hacia una aldea de aspecto abandonado. Las oscuras casas de piedra parecen rodear el campanario de una iglesia.

Los soldados descienden hasta el pueblo, rodeados por oscuridad y silencio. En las calles desiertas hacen un terrorífico descubrimiento. A través de las puertas y ventanas abiertas a la oscuridad de las casas los soldados ven figuras inmóviles envueltas en la negrura que parecen observarles en un silencio aterrador. Cuando los soldados reúnen el valor necesario para investigar a estas siniestras figuras descubren, horrorizados, que son cadáveres. Las casas están llenas de personas muertas, momificadas. Muchas están en sus camas, cómo si la muerte las hubiese sorprendido mientras dormían. Otras parecen permanecer vigilantes junto a puertas y ventanas. Algunas portan armas improvisadas, otras agarran entre sus rígidos dedos crucifijos y rosarios. Todas tienen en su rostro las marcas negras que nuestros amigos empiezan a reconocer.

Avanzando hacia la siniestra iglesia que se alza en medio del pueblo, un hilo de luz trémula se intuye entre las rendijas del enorme portalón. Los soldados abaten la puerta para encontrarse en una pequeña iglesia en la que miles de cirios arden por doquier. Los bancos, el suelo, el altar: todo está lleno de velas encendidas. Junto al altar, un sacerdote corre hacia la puerta, gritando en francés “¡Cierren la puerta, por Dios Todopoderoso!”. A sus espaldas, sobre el altar, un crucifijo de madera pende de dos largas cadenas que se pierden en la oscuridad del techo de la iglesia.

Cuando los soldados se precipitan a cerrar la puerta observan intrigados que un curioso símbolo trazado con cera cubre las dos hojas: una estrella de cinco puntas, toscamente dibujada. No tardan en descubrir cientos, tal vez miles de versiones del mismo símbolo, repartidas por toda la iglesia.

El anciano sacerdote grita incoherencias, a menudo en francés, a veces en un latín incomprensible. “¡La guerra los ha llamado! ¡Todo el sufrimiento desencadenado ha roto los sellos y ha despertado a las furias dormidas! Mientras los hombres duermen, ¡les roban las almas, condenándolos a una muerte horrible! Pero los muertos no descansan. ¡Pronto los muertos se alzarán y caminarán sobre la Tierra! ¡Los siervos de Lucifer esparcirán el horror en este mundo!” El anciano desvaría, incapaz de mantener una conversación coherente. Y, en ese instante, en el altar, una curiosa gema cristalina empieza a brillar con luz propia, con un azul celeste pulsante. El sacerdote toma la joya y un enorme volumen de tapas de cuero, y lo entrega con violencia a Coeyman: “¡Lleváoslo, lleváoslo! ¡Ya están aquí!” Al momento, la puerta de la iglesia se abre con una fuerza inmensa y una violenta ráfaga de viento apaga todas las velas de la iglesia. Los bancos de madera se elevan del suelo y las vidrieras de las ventanas estallan hacia el interior. Los bancos se estrellan entre sí, sumando sus afiladas astillas a la tormenta de cristal, en un apoteósico huracán de destrucción que azota a los soldados desgarrando sus ropas y abriendo heridas en su cuerpo. Los soldados se precipitan hacia la salida, arrastrando con ellos al anciano. Espantosos crujidos resuenan en la iglesia, provenientes de enormes gritas que se están formando en las gruesas paredes de piedra. La iglesia comienza a desmoronarse. Los soldados aún no han abandonado la iglesia cuando el crucifijo colgante se desprende de sus cadenas y se precipita, volando a través de la estancia, hacia el grupo que huye. Grimm recibe un impacto terrible que disloca su hombro.

Los cuatro hombres, arrastrando al delirante sacerdote, abandonan la iglesia, para descubrir al instante que el cielo está iluminado por una enorme espiral luminosa, similar a la que sobrevolaba la colina en la que el valiente Mcnalley acabó sus días. Mientras la iglesia se derrumba a sus espaldas, emprenden una desesperada carrera hacia los bosques cercanos. Pero un nuevo peligro se precipita sobre ellos. Dirigido por una fuerza ignota capaz de las más imposibles proezas telequinéticas, el enorme crucifijo aparece volando desde la iglesia que se derrumba, y se lanza hacia los soldados. Martin sufre la peor suerte. El crucifijo rompe su brazo y el dolor del impacto es tan desgarrador que el soldado sufre un shock y pierde el conocimiento, desplomándose sobre la hierba del claro. Sin embargo, Ryan abandona al sacerdote del que tiraba y regresa a por su compañero al que logra llevar hasta la seguridad de la arboleda. Por desgracia, el crucifijo contraataca, esta vez volando hacia el sacerdote y decapitándole en un devastador golpe. Cuando el crucifijo se adentra en la espesura, sus brazos se parten entre los árboles y el madero cae al suelo, inerte.

Los soldados se retiran unos metros, justo a tiempo de evitar una descomunal implosión de luz blanca y silencio sobrecogedor. Cuando la luz blanca desaparece y, lentamente, la oscuridad de la noche se cierne de nuevo sobre el grupo, los compañeros observan que allá dónde estaban el pueblo y la iglesia no queda más que un gigantesco cráter humeante.

En ese instante, lentamente, como sumiéndose en un sueño, la luz azulada de la joya se extingue y la oscuridad de Argonne envuelve a los soldados como un espeso manto negro.

Tierra de Nadie, Primera Sesión  

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Una vez jugada la primera sesión de Tierra de Nadie, os hago un breve resumen como recordatorio para futuras partidas.

Los Personajes
Cabo William Grimm (Ramón)
Soldado Richard Mcnalley (Raul)
Soldado Earl Martin (Pablo)

Cómo recordaréis, la acción se sitúa en la Francia ocupada durante la Primera Guerra Mundial. Corre el año 1918, y los americanos habéis llegado a Europa dispuestos a patear el trasero de los alemanes. Pero las tierras de Argonne ofrecen una resistencia inesperada. La guerra de trincheras está diezmando los efectivos del ejército americano, y el avance hacia el norte de vuestras tropas a través de los tupidos bosques se está convirtiendo en poco menos que una misión suicida.

En este panorama tan poco alentador, vuestra escuadra recibe una misión de héroes. La Compañía B, que debería permanecer en vuestra retaguardia, ha quedado aislada y rodeada por el enemigo. Es misión vuestra partir en su búsqueda y volver a reunirla con vuestra amada Compañía C. Abandonar el valle dónde estáis atrincherados y meterse en los bosques en plena noche no parece un bocado apetecible, pero el fuego de artillería alemana que os está machacando os anima a correr hacia los árboles en busca de la Compañía desaparecida. Además, ver al cabo Grimm presa de la locura, comiéndose la pierna de un soldado seccionada por un obús, os anima salir por patas de ese infierno. El propio cabo no tarde en tropezar con una piedra semienterrada entre el fango. Parece parte de algo más grande, y su aspecto pulido y brillante, cubierto de espirales, es desconcertante. Pero no hay tiempo que perder. Los soldados se adentran en la espesura.

La noche en el bosque es terrorífica. La impenetrable oscuridad hace el avance casi imposible. No tardáis en perderos. En una pausa temblorosa, el soldado Mcnalley enciende un pitillo con su viejo mechero a gasolina. La llama delata la posición de vuestra escuadra. Un disparo suena en la distancia. La cabeza del sargento Maddox desaparece en una nube de sangre, huesos, dientes y masa encefálica.

Y entonces se hace la luz. Sobre vuestras cabezas, una bengala desciende lentamente, iluminando la escena. Ofrecéis un blanco perfecto para los alemanes atrincherados colina arriba. Un nuevo sonido os hiela la sangre en las venas: el traqueteo de una ametralladora.

El soldado Martin se refugia entre la espesura de los árboles, mientras el cabo Grimm busca una zona a cubierto desde la que disparar. Mientras tanto, Mcnalley se lanza a la carga, acompañado de sus compañeros de escuadra. La pericia de Grimm con el fusil hace que el soldado que os está machacando con la ametralladora termine con una bala dentro de los sesos. Mcnalley, presa de un ímpetu heroico, alcanza la trinchera enemiga y entabla un peligroso cuerpo a cuerpo que termina con dos alemanes muertos y nuestro amigo malherido en su pierna.

Mientras esto ocurre, algo extraño ocurre en el claro en el que se desarrolla la batalla. Extrañas fuerzas magnéticas atrapan las armas de los soldados. Una siniestra y enorme espiral luminosa flota en lo alto. En la trinchera, las armas se están fundiendo como si fuesen plástico caliente.

Una luz cegadora lo llena todo. Un sonido atronador ensordece a los personajes. Y se hace la oscuridad.

Grimm despierta, cegado por la luz del día. ¿Cuánto tiempo ha pasado? En campo de batalla está cubierto de cenizas… y de cuerpos despedazados. Esos trozos de carne son lo que queda de la escuadra americana. Grimm encuentra a los maltrechos pero aún vivos Mcnalley y Martin. Mcnalley está malherido e inconsciente, en lo que queda de la trinchera alemana. Tras hacer acopio de munición y comida entre los restos de la batalla, los soldados investigan en lugar, descubriendo que los restos de la batalla están dispuestos en una gigantesca espiral a lo largo y ancho del claro. Los árboles más cercanos han sido abatidos como si una devastadora explosión los hubiese arrancado de raíz.

Mcnalley sigue inconsciente, y los tres amigos se refugian en el interior de la trinchera, que se adentra en la colina a lo largo de un oscuro túnel que termina en una pequeña estancia. Allí descubren algunos documentos (en alemán), algo de comida podrida, y una espeluznante pila de cadáveres alemanes. Sus cuerpos resecos parecen momias. Las oscuras manchas en sus mejillas y en el cuello hacen pensar en la Peste Negra. En los cadáveres no hay signos de descomposición. Su aspecto es inexplicable.

Aún están investigando la trinchera cuando el suelo se derrumba, revelando una extraña habitación con las paredes cubiertas de monolitos. Mcnalley despierta, y los tres soldados deciden descender a la habitación pensando en pasar la noche a resguardo, lejos del frío del campo de batalla y de los cadáveres infectados de los alemanes muertos.

Una vez abajo, una abertura conduce a una gigantesca estancia. Allí, siniestros murales aterrorizan a los soldados. Pero no tanto como el hombre que, en un rincón, permanece arrodillado con los brazos en alto. Al aproximarse pueden ver que se trata de un cadáver momificado. Sin embargo, los alocados ojos azules del cadáver parecen vivos, y siguen a los soldados allá dónde van. Abrumados por una sensación de terror, los soldados deciden acabar con esa pesadilla. Será Mcnalley quien dispare sobre la cabeza de la momia, esparciendo sus sesos sobre el altar cercano.

Eso parece desatar lo que ocurre después. Desde las profundidades de la caverna, más allá de unos enormes escalones de piedra que descienden en la oscuridad, llega un bramido ensordecedor que no puede ser de este mundo. Los escombros de la habitación se alzan movidos por manos invisibles, y comienzan a danzar en el centro de la estancia presas de un huracán demoníaco. Y de entre las sombras comienzan a aparecer, corriendo hacia los soldados, una multitud de esqueletos deformes.

Los soldados corren hacia la salida, disparando a la multitud de seres muertos. Algunos son derribados, pero la mayoría no tarda en darles alcance. El combate cuerpo a cuerpo es encarnizado, y Mcnalley no tarda en caer, herido de gravedad en el estómago. Aplastando enemigos y retrocediendo al mismo tiempo, los soldados llegan hasta la estancia bajo la trinchera y logran trepar, ayudando al moribundo Mcnalley. Pero no acaban aquí las desgracias. Un temblor sacude todo el lugar, y el suelo de la trinchera se derrumba a medida que los soldados corren hacia el exterior. Mcnalley, malherido, no es lo bastante rápido y cae, pero es atrapado en el último instante por Martin. Sin embargo, al detenerse Martin también es engullido por el suelo que se desploma. Grimm, en un desesperado esfuerzo, se agarra a un asidero y toma la mano de Martin, que a su vez sujeta la de Mcnalley. Colgados del vacío, la situación empeora cuando uno de los esqueletos, desde abajo, salta agarrándose al tobillo de Mcnalley.

Mcnalley logra encaramarse sobre Martin, y ambos alcanzan suelo firme mientras Grimm grita debido al enorme esfuerzo de soportar el peso de sus compañeros y el esqueleto viviente. El esqueleto realiza una demencial pirueta, y salta a la trinchera colocándose frente a Grimm. Al mismo tiempo, Martin, por fin en suelo firme, se escabulle a cuatro patas. Pero Mcnalley, encaramado al borde del precipicio, observa horrorizado como el fragmento de tierra al que se agarra cede sin remisión. Martin y Grimm hacen un desesperado intento por alcanzar a su amigo, pero no sirve de nada. Mcnalley se precipita hacia la oscuridad, dónde le aguarda una multitud de esqueletos. Mcnalley desaparece entre los huesos animados. Afortunadamente, sus estremecedores gritos no duran mucho.

Grimm abate al esqueleto que tiene frente a él, y los dos soldados salen a toda velocidad de la trinchera, al frío aire de la noche. La colina tiembla, presa de un colosal terremoto. Los dos soldados corren colina abajo, mientras esta se colapsa y se engulle a si misma. El estruendo es ensordecedor y una inmensa polvareda se eleva hacia los cielos oscuros. Los soldados no dejan de correr y sólo se detienen al llegar al linde del bosque. Al volver la vista atrás ven que allá donde había una colina no queda más que una montaña de cascotes, sepultando para siempre el cuerpo del valeroso Richard Mcnalley.

Cerrando filas  

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Caballeros, ha llegado el momento. Este viernes 6 de junio, a las 23:00 h, en nuestro insigne Club, celebraremos el aniversario del desembarco de las tropas aliadas en Normandía del mejor modo posible: Empuñando los fusiles y retrocediendo al año 1918. Estamos en el sur de Francia, en el espeluznante bosque de Argonne, a orillas del río Mouse. Anochece bajo un cielo gris y lúgubre mientras nuestros batallones tratan de abrirse camino entre el incesante y letal bombardeo de la artillería alemana...

The New York Herald, Edición Europea, 30 de septiembre de 1918  

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Los Soldados en Tierra de Nadie  

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He aquí al grupo de soldados que participan en este aventura. Podéis descargar el pdf con las fichas en el botón verde de abajo e ir eligiendo personaje. Comunicad el personaje que elegís en los Comentarios de este mismo post, ¿ok? ¡Ah!, y gracias especiales a Rafa por el acceso a la web de alojamiento. ¡Soldados! ¡CARGUEN!